jueves, 8 de mayo de 2014

un no se a que viene (inconcluso)

Érase una vez un peluquero. Y no lo era malo, en esa tarea era correcto. Y eso él lo sabía. No era el mismo con tijeras que a la cuchilla. Tenía su negocio desde hacía muchos años, y era uno de los dos peluqueros supervivientes del barrio. No era tan mayor, pero era el último representante de la vieja barbería, aquella previa a su esterilización al microondas. El peluquero, que se sentía antes barbero, lamentaba que ese arte que le era tan querido lo ejerciera tan poco. Tan ocasional era que solo tenía un cliente que le solicitara dichos servicios. Eso sí, ese cliente le exigía el máximo, tan recia como tenía su barba. Tan recia como su carácter. El fiel cliente era un nonagenario castrense forjado en una resistencia pertinaz a los cambios desde el último cuarto del siglo pasado. Y eso no es suponer, porque así él mismo lo afirmaba. El peluquero, esperaba ese día como si de un día de fiesta se tratara. Y ese día que estaba fijado con su hora desde hacía años, era un día que intencionadamente aligeraba de los otros clientes. Para esa jornada, apenas aceptaba otros clientes, y siempre, para coincidencia con la llegada del retirado coronel. Para ello seguía una estricta selección.

Dicha selección era tan exigente que pocas veces se daba la coincidencia casi milagrosa de hacer de aquel momento una obra maestra. Para empezar, los seleccionados debían ser señores en su primera vejez. Todavía lúcidos de mentes, y con pleno desarrollo de su espíritu crítico hacia los nuevos tiempos. Y sí, dependía de la intuición más que de una certeza. Pero dada la larga tradición adquirida en este hábito, el barbero pocas veces se equivocaba en esos apenas dos minutos que tenía. Y no era suficiente con ese componente crítico hacia el tiempo presente, debían además conservar el matiz de la comprensión ante lo inevitable de los cambios. Ese rasgo era  la condimentación del momento perfecto. Y por supuesto, de nada servía lo anterior, sin que fueran personas abiertas a la conversación. Para ello, no quería dos parlanchines como es obvio. Necesitaba lo que él denominaba un "pronto y presto" y un "sin prisa pero sin pausa". Es decir, un señor para romper el hielo de entrada, que no tuviera reparo a abrir el fuego de la conversación, y un tapado, que se incorporara cuando la mecha ya estuviera prendida. Sin ahogar el momento. Así debía ser cuando el rostro del coronel estuviera siendo rasurado.



A pesar de la crisis que vivía su negocio, respetaba ese espacio consolidado con el paso del tiempo. Para ese momento existía todo un ritual casi sagrado que se iniciaba ya la tarde anterior, cuando al concluir su trabajo y antes de cerrar, sacaba del cajón de su pequeño escritorio en la trastienda, su juego de útiles. Abría el cajón y tomaba una cartuchera de cuero marrón cerrada sobre sí y enlazada. La tomaba con las dos manos y la disponía sobre la mesa, abriendo la lazada y desplegando la cartuchera. Entonces contemplaba el conjunto, que un día, cuando se hiciera cargo de la barbería de su tío, éste le regalara. Con ese regalo había dejado de ser aprendiz y comenzaba a ser maestro barbero. Su tío no fue una persona corriente, y para él además, había sido más que un tío, su padre.

Allí frente a él se encontraban en orden la cuchilla, la brocha, el jabón y la colonia para después del afeitado. Junto a ellas situaba el tazón y una toalla blanca. A continuación las inspeccionaba para asegurarse que estaban como debían estar.

Continuara...

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